23/10/08

A los hinchas de River se les agotó la paciencia

"Ay ay ay ay, qué risa que me da / si no salen campeones ¡qué quilombo se va a armar!".

El título del Clausura después de tres años de frustraciones es un vago recuerdo, un consuelo que no funciona como tal, que no apacigua la bronca acumulada de la gente. El último puesto en el Apertura es una nueva espina, el nivel futbolístico del equipo aporta más tedio, la humillante derrota en el superclásico es la herida sangrante... Y la caída de anoche contra Chivas de Guadalajara, la gota, la chispa, la explosión.

"Jugadores / la concha de su madre / a ver si ponen huevo / que no juegan con naaaadie".

Hubo fuego externo en las tribunas del Monumental, a pesar de que apenas 18.000 hinchas -la menor convocatoria del equipo en el año- acompañaron a River. Sobraron brasas, cantos hirientes, que demandaban una actitud que anoche, por momentos, se vio, pero que nunca apareció contra Boca.

Esos cuestionamientos tuvieron como objetivo preferencial a los jugadores. Casi ileso, Diego Simeone se halló sin culpa aparente en el veredicto de la gente, que pidió garra, transpiración y amor por los colores. Pero a los jugadores. Sólo a ellos. Acaso las esquirlas rozaron al técnico cuando, entre abucheos, sacó a Ferrari para poner a Archubi. O cuando el "que vuelva Ortega / la putá que los parió" retumbó desde el alma de cada fanático. Pero, claro, había más que un cuestionamiento al Cholo, ideólogo de la salida del último ídolo: había un pedido de fútbol, del que un Burrito cansado, aturdido, entrado en años y en una sola pierna dio sobre el final del Clausura.

"A ver si nos entendemos / los jugadores y la popular (...) Pongan más huevo / pongan más corazón / porque esto es River y hay que salir campeón".
Los hinchas no esperaron hasta el 0-1 para comenzar con los reclamos. A los tres minutos ya había pase de factura ("ustedes perdieron con Boca pero nosotros volvimos a ganar"), y así siguieron los intentos por tocar la fibra interna y, a la vez, para dejar sentado el hartazgo.
"La camiseta de River se tiene que transpirar...".

Un clásico, uno de los varios que se intercalaron con apoyo popular, el "vamos River Plate" que de ninguna manera iba de la mano del rendimiento del equipo. Porque River llegaba, complicaba, el arquero Hernández era figura y desde afuera sólo quedaba el sabor amargo, la necesidad. Era una metamorfosis permanente. De la demostración de afecto a la defenestración pública.

La organización del vallado impidió la masividad del hall post partido, un recurso ya habitual desde los tiempos de Pellegrini. Tampoco se oyeron los pedidos de decapitación de la CD.

"Me parece que ustedes no quieren ganar / tienen ganas / tienen ganas de cobrar...".

El 1-2 fue la desazón total. Sobraron los silbidos (y los motivos), los insultos. Mientras Simeone palmeaba a sus jugadores, sólo quedaba una exigencia: "¡Ganen en México!".

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